Ana Veleta era un poco atolondrada pero se manejaba bien en el día a día. Aunque sus continuos despistes la habían puesto en más de un apuro, hasta la fecha no había sufrido ninguna catástrofe. Debía ser la suerte de los tontos, pensaban algunos.
El caso es que aquella tarde Ana Veleta salió casi corriendo del trabajo para acudir a su cita de las 18.30 con el dematólogo (¿o era con el traumatólogo? da igual, ya lo confirmaría en la recepción de la clínica). Al llegar, como siempre, le solicitaron su tarjeta médica del seguro privado de la empresa "para ir adelantando trámites, ya sabe, que cuando salen ustedes de las consultas parece que les persigue un pitbull hambriento". Por suerte, llegaba justo a tiempo para entrar a consulta (del dermatólogo, la cita con el traumatólogo había sido ayer según parecía). Una inyección algo dolorosa y dos recetas ilegibles después, Ana Veleta esperaba su tarjeta en recepción mirando de reojo por si aparecía el perro ese que decían que tenían en la clínica. No deberían tener perros en un sitio como éste, se decía. ¿Qué pasaría si la pobre criatura se tomase por error un bote de analgésicos? ¿O peor aún, de laxantes?
Inexplicablemente, esta vez a Ana Veleta le dió por mirar su tarjeta antes de guardarla en el bolso.
- "Disculpe, pero creo que se ha confundido. Yo no me llamo María Caraplástico. ¿O acaso tengo yo cara de muñeca Gwendolyn?"
- "Uy, vaya por Dios! Pues le he debido dar su tarjeta a la anterior paciente.Y me temo que ya no tiene cita hasta ... dentro de 15 días exactamente"
- "¿Cómo que hasta dentro de 15 días? ¿No puede llamarla para que me devuelva mi tarjeta?"
- "¿Yooooooo? ¿Acaso no ve usted la cantidad de pacientes que hay todavía en la sala? Imposible, no tengo ni un minuto libre. Se pasa por aquí dentro de 15 días o la llama usted misma"
- "Está bien. ¿Podría darme su teléfono?"
- "Lo siento pero eso es información confidencial"
- "¿Y cómo quiere entonces que la llame?"
- "Pues no sé, piense un poco. Búsquese en la guia de teléfonos o algo"
- "¿Que me busque en la guía? Oiga pero es que yo soy Ana Veleta no María ..."
-" ¡Siguienteeeeeee!"
Ana Veleta se quedó más patidifusa que nunca. Tanto, que salió de la clínica con el vientre liso, dos costillas menos, un kilo más en cada teta y una cara más estirada que la de un pez globo. Había que reconocer que la tal María Caraplástico se había esculpido un cuerpo bastante mono. Le costaba un poco sonreir y ahora veía la vida en formato 16:9 en vez de 4:3, y le habían saltado dos botones de la blusa, pero ya la habían piropeado un taxista y dos electricistas (lo que no estaba nada mal, para variar)
Al llegar a la farmacia, Ana Vel ... María Caraplástico ya no sentía el pinchazo en el dedo meñique y no encontraba las recetas con las cremas para el eccema, pero pagó una barbaridad por el gel anticelulítico y el cicatrizante para su última operación de mamas, mientras aguantaba estoicamente la mirada envidiosa de la farmacéutica. Camino de su casa decidió que, ya que no le quedaba más remedio, iba a sacar el mayor provecho de su nueva identidad durante los próximos 15 días.
Y lo hizo. En esas dos semanas Ana Vel ... María Caraplástico se ligó a un stripper con aspiraciones a modelo que conoció en la inauguración de un conocido bar de copas de la ciudad, a un comercial de televisión por cable que no sólo no le vendió nada sino que acabó regalándole una suscripción gratuita al canal Cosmopolitan, a un estudiante de Bellas Artes que la inmortalizó en una versión cubista de la Maja Desnuda de Goya, y a un señor bajito y con bigote que pasaba por allí.
Pero pasaron los 15 días y llegó el momento de su cita con el cirujano plástico. Exhuberante, Ana Vel ... María Caraplástico se presentó en la consulta dispuesta a no perder de vista ni un momento su nueva tarjeta médica. Si su dueña original la quería iba a tener que sacar las uñas y pelear por ella (no en vano esa misma mañana se había afilado con esmero sus nuevas uñas de porcelana). Pero la recepcionista no soltaba la tarjeta ni a la de tres y ni se inmutaba ante las muestras de cabreo de Ana Vel ... María Caraplástico quien, ante la mirada atónica de una chica con pinta de atolondrada que insistía en que tenía cita con el cirujano y no con el dermatólogo, no tuvo más remedio que entrar en la consulta y esperar a recoger la tarjeta después.
Nada más salir de la consulta, Ana Vel ... María Caraplástico se lanzó como una loba hambrienta sobre el mostrador de recepción reclamando su tarjeta.
- "Soy Ana Vel .. María Caraplástico, ¿me devuelve mi tarjeta por favor?"
- "Uy, cuánto ruido ... ¡silencio, por favor! Perdone, ¿cómo dijo que se llamaba? ¿Ana qué?"
- "Ana Vel ... digo María Caraplástico"
- "¡A ver, o bajan un poquito la voz o cierro la clínica ahora mismo! ¿Qué estaba yo haciendo? Ah sí, su tarjeta. Aquí tiene. ¡Siguienteeeeee!"
- "¡Por fin! Muchas gracias"
Ana Vel ... María Caraplástico salió de la consulta a golpe de cadera y haciendo sonar sus taconazos de 12 centímetros. Camino de la farmacia, lamentaba que ya los hombres no fueran como los de antes, que ya apenas soltaran piropos por la calle ni que se quedaran mirando a cuerpos tan fantásticos como el suyo (claro que como el suyo debía haber pocos). Como esos dos obreros que estaban asfaltando la acera de la clínica que ni siquiera se habían molestado en levantar la cabeza.
Ya en la farmacia Ana Vel ... Maria Caraplástico se extrañó de que la farmaceútica esta vez no la mirara con cara de arpía. Pero al ver los tubos de crema para eccemas lo comprendió todo: buscó la tarjeta médica en el bolso y ahí estaba ella. Ana Veleta. La misma chica atolondrada de siempre. Y abochornada, salió de la farmacia haciendo un esfuerzo para no caerse de los tacones.
Desde entonces todos los jueves, a partir de las 18.30, puede verse a Ana Veleta junto a la recepción de la clínica observando con ojos desorbitados todas las tarjetas que pasan por las manos de la recepcionista. Algunas veces la recepcionista siente pena de ella y la llama María Caraplástico, para ver si se anima. Pero entonces ella se acuerda del stripper, del comercial de cable, del estudiante de Bellas Artes, del bombero, del monitor de spinning, del mecánico, de sus dos tetas, y hasta del señor bajito con bigote, y rompe a llorar lanzándose sobre el mostrador, revolviéndolo todo por si allí, entre recetas y radiografías, encuentra su metro setentaycinco y su cara inexpresiva y perfecta.
